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PANTERAS
NEGRAS |
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La
identidad, tanto individual como grupal es una cuestión de
sensibilidad, que se delinea a través de cómo nos sentimos, nos vemos
o nos imaginamos. La ropa que usamos, la forma en que llevamos el
cabello, hasta la manera de bailar son recursos en la construcción de
nosotros mismos, diciendo quiénes somos, ante los ojos ajenos y ante
los propios. La construcción de una imagen propia es entonces una
estrategia social que nos ubica en el mundo. Esto es lo que comprendió
la comunidad negra norteamericana a fines de los 60 y comienzos de los
70. Después de los asesinatos de Martin Luther King y Malcom X, de años
de resistencia pasiva, batallas legales y violencia urbana, sólo parecían
quedar los medios masivos y la imagen como forma de elaboración y
expansión de su identidad, y la comunidad negra los usó con una osadía
y determinación que resulta difícil ignorar.
Al comienzo del cine, ‘Birth of A Nation’ (1915) de D.W. Griffith estableció los códigos cinematográficos y también la política racial que guiaría a la narrativa cinematográfica de los grandes estudios. Así, el hombre negro se vió reducido a dos papeles, el conformista ‘Tío Tom’ y el ‘Mandingo’, agresivo y sexualmente peligroso, que parecía ejercer una temida fascinación sobre las mujeres, especialmente las blancas. A lo largo de los años, el cine fue acomodando estos códigos modificando el primero de estos estereotipos hasta dar lugar al políticamente correcto Sidney Poitier, que no era más que la inofensiva fantasía liberal blanca acerca de cómo debería ser el negro que podríamos invitar gustosos a cenar sin necesidad de ocultar la platería fina, o incluso aceptar como novio de nuestra hija. Pero John Shaft era cualquier cosa menos inofensivo, y ciertamente su interés en las mujeres blancas no tenía nada que ver con las cenas en familia.
Aunque Shaft nunca se privó de la diversidad multicolor, el cuero negro resulta característico de su imagen. Todas las connotaciones de misterio, peligrosidad, la noche, la muerte y la sensualidad se adhirieron a su persona de manera definitiva. Nunca una pantera fue tan elegante y peligrosa. Esto significó una estrategia representacional sin antecedentes, por vez primera en los medios masivos el prejuicio era contrarrestado por su glorificación desde el propio grupo estereotipado. La actitud violenta y el cuero subrayaban su hipermasculinidad, liquidando la asexualidad liberal, modesta y vergonzosa, de Sidney Poitier, y vinculándolo a la iconografía de masculinidad y afirmación negra que se venía desarrollando en torno a los atletas negros desde principios de siglo.
Fue Sly Stone, líder de ‘Sly & The Family Stone’, una de las bandas pioneras del funk, quien hizo de la estética psicodélica de su vestimenta un elemento importante en la nueva sensibilidad negra. De repente, el cuero (en pantalones y chalecos multicolores) y las pieles (en boas y abrigos de todos los estilos y formas imaginables) se transformaron en un implemento propio de la sensibilidad funk. La sensualidad abierta y violenta del funky daba a la animalidad tradicionalmente asociada a los estereotipos negros, una fuerza lúdica y una diversidad deslumbrante. Y esto tampoco pasó desapercibido para el cine.
La sirvienta inmensa y afable (la ‘mammy’ de Hattie McDaniel, en ‘Lo que el viento se llevó’) y la trágica vampiresa (como Dorothy Dandrige), sexualmente provocativa y ardiente, pero destinada a la soledad o la muerte, ya no eran el único destino de las actrices negras. Cleopatra Jones fue la primera heroína de acción negra, sensual y atractiva, sí, pero en control de su cuerpo y su temperamento, tan flamboyantes ambos como sus vestimentas. Tamara Dobson, la actriz que la protagonizó, también había sido modelo, como Richard Roundtree, pero su despliegue físico, ya fuera en plena acción o circulando por calles, bares y oficinas tenía poco de verosímil. Fue precisamente esa superficial extravagancia lo que destaca al personaje de otros héroes del género.
Lamentablemente esta estrategia sostenida por el blaxploitation y el funk fue devorada por la industria del entretenimiento. Utilizar los medios masivos como lugar de construcción y diseminación de identidades alternativas es un movimiento arriesgado. Ante el éxito de estos filmes los grandes estudios produjeron decenas de películas de mediocre factura, sólo por sus beneficios económicos. Esto alejó a las audiencias en general, pero especialmente a la audiencia negra, fastidiada por este abuso. La banalización de estas imágenes que en su momento habían sido un efectivo medio de identificación y optimización social y política de la negritud, hizo de la estrategia de revalorización cultural negra una trampa industrial.
Nuevamente la violencia marcaría la iconografía negra, pero sin la revulsión social o política de los 70. La cabellera afro de Cleopatra Jones y la agresión ética de Shaft aparecían avejentados frente a adolescentes indecisos entre iniciarse en la pandilla de la esquina o comenzar una carrera en la industria musical. Después de todo, no había mucha diferencia entre una cosa y la otra. Pero todo cambia y el furor retro de comienzos del nuevo siglo trajó consigo un redescubrimiento de los 70, su estética y su sensibilidad. La remake de ‘Shaft’(protagonizada esta vez por Samuel L. Jackson) recobró la sofisticación ética y estética del personaje para las nuevas generaciones, mientras cantantes como Lenny Kravitz o Macy Gray y artistas de hip-hop como R. Kelly vuelven a las pieles sintéticas, las camperas de peluche y los zorros auténticos. Sólo cabe esperar que con ellos traigan también la sofisticación, el orgullo y el humor de la animalidad afirmativa y celebratoria que dieron a la negritud norteamericana de los 70 el ejercicio de una inteligencia sostenida en el furor y la alegría.
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