Parte III: La
Piel en la Edad Media
Durante
siglos, el mundo clásico mantuvo relegados a los bárbaros al otro lado de unas
imprecisas fronteras, a partir de las cuales comenzaba lo desconocido. Pero,
poco a poco, la necesidad de tropas mercenarias para controlar un enorme
imperio, así como la de gladiadores y esclavos para suministrar diversión y
mano de obra gratuita a la metrópoli, motivó la afluencia de oleadas de gentes
extrañas al Mediterráneo. Los ciudadanos romanos comenzaron por despreciar a
los germanos, sucios, melenudos, barbudos y vestidos con burdas pieles, sin
considerar que en sus remotas tierras de allende el Rin, gélidas y duras,
éstas les servían de protección contra el frío. Se burlaron, por tanto, del
aspecto de los bárbaros, cuyos aderezos a base de orejas de lobo, cabezas de
oso o cuernos en el casco, no hacían sino aumentar su parecido con las bestias
salvajes. Después, el trato constante, el hábito de verlos a diario, originó
un curioso proceso. Primero a modo de parodia o de disfraz para los días de
carnavales, por puro sentido práctico más tarde, fueron adoptando alguna de
aquellas prendas tenidas hasta entonces por aberrantes y de baja estofa. De este
modo, ilustres personajes que en público se exhibían dignamente vestidos de la
toga no desdeñaron ponerse, en la intimidad de sus hogares y durante la
estación fría, túnicas peludas.
Con
la decadencia del Imperio, cada vez son más las hordas que llegan a Roma y
menos sumisa su forma de comportarse. El aspecto de sus jefes, feroz,
incivilizado, pero también majestuoso y sobre todo muy abrigado, termina por
influir en gran medida sobre la moda clásica. Tanto es así que el emperador
Honorio se ve obligado a promulgar un edicto prohibiendo, bajo severísimas
penas, el uso de pieles. Y hasta los padres de la Iglesia deben intervenir, para
anatemizar los forros de piel con los que las mujeres adornan sus vestidos. La
prohibición, como suele suceder, consolida definitivamente, dado el humano
instinto de transgredir la norma, la tendencia que quería evitarse. En este
caso, sin embargo, las causas profundas del fenómeno obedecen a motivos de
índole política y social. Recordemos que ya Ortega y Gasset había señalado,
refiriéndose a las modas y los vestidos en que
éstas se plasman: "Tienen siempre un sentido mucho más hondo y serio del
que ligeramente se les atribuye."
La
Edad Media posee, según la historia universal, su fecha oficial de nacimiento
en el año 476, que corresponde a la caída del Imperio Romano de Occidente. Grósso
modo suele aceptarse esta fecha simbólica, si bien existen excepciones como
es el caso de la Península Ibérica, donde se retrasa, pasando por un largo
interregno de dominación visigoda, hasta la invasión árabe en el 711.
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En
tierras de los germanos se empleaban las pieles para guarecerse de las
bajas temperaturas.
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A
pesar de las leyes dictadas por Carlomagno restringiendo el uso y comercio
de las pieles, este monarca gustaba, a menudo, de adornarse con ellas.
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Tienda
de un zapatero. la manufactura del calzado llegó a tener gran
importancia en la Alta Edad Media. |

Todos
lo animales que prestaban sus pieles al hombre en una típica
alegoría de Giuseppe Arcimboldo. |

Miniatura
de Carlos VII, rey de Francia, siglo XV. El armiño o la marta
llegaban de Rusia si bien, dado su alto precio, sólo los personajes
reales o eclesiásticos podían vestirlos. |

Maximiliano
de Austria aparece cubierto por una espléndida capa de visón. |
De
todas formas, podemos afirmar con propiedad, apoyándonos en una serie de datos
irrefutables, que a finales del siglo VIII, indiscutible Edad Media, el uso de
las pieles está ya universalmente extendido por todo el mundo cristiano.
Carlomagno, pese a hartarse de dictar leyes prohibiendo o limitando el comercio
de determinadas pieles, y cargando con tremendos impuestos el de otras, no puede
sustraerse a la influencia de la moda, y a la menor ocasión solemne aparece en
público cubierto de pieles. Por esa época se trata, en general, de pieles
bastas, mal trabajadas y de procedencia local: garduña, comadreja, gato
montés, topo, liebre, ciervo, buey, cordero y cabra. La más cotizada es la de
marta. Mas para fabricar cuellos, adornos para las mangas, forros de abrigos de
lujo, los nobles germánicos y mediterráneos
importan desde el Cáucaso pieles de armiño -arminia, o "rata de
Armenia"-. Precisamente, las hijas de Carlomagno gustan de lucir sobre sus
hombros pieles de armiño.
En
el siglo X comienzan a llegar a Europa las primeras pieles procedentes de
Siberia, que debieron revolucionar el floreciente comercio tradicional. Quizá
sea entonces cuando el subconsciente colectivo de los pobladores del
Mediterráneo, sorprendido ante tamaño exotismo, asoció el origen de las
pieles -caras y al alcance sólo de los más poderosos- con la lejana Rusia.
Ello explicará la definición que Gustave Flaubert ofreció de la palabra piel
en su Diccionario de Tópicos: "Las pieles vienen de Rusia."
Para
el año 1000, la moda de las pieles se ha impuesto en todo el Occidente cristiano
incluyendo, con sus lógicas variantes, a la Península Ibérica, así como en
el mundo árabe del Oriente Próximo, norte de Africa y España musulmana. No
obstante, el terror supersticioso ante el advenimiento del milenio llevará a
muchos grandes señores y a algunos ricos comerciantes a desprenderse de sus
riquezas -las pieles entre ellas-, en un desesperado intento de comprar su
salvación.
El
clero, en su calidad de intermediario entre Dios y los hombres, recibe estas
ofrendas y, una vez superado el temido milenio sin fin del mundo, diluvios,
fuegos ni ningún otro tipo de hecatombes, muchos sacerdotes, por humildes que
sean, no pueden resistir la tentación de endosarse las pieles regaladas. Ni
siquiera algunos Papas se sustraen a esta epidemia de vanidad mundana. Hasta
bien entrado el siglo XIII, momento en el que los dominicanos lanzan una cruzada
moral contra el fasto terrenal, contra los símbolos materiales -físicos, physicis,
dicen ellos textualmente-, el auge de las pieles será incesante. Pero, ante el
despiadado ataque de esta orden de proverbial rigidez, los animales de piel caen
en desgracia. Los "velludos" pasan a ser malditos, cosa del Diablo, a
quien algunos entendidos pueden reconocer con facilidad bajo el aspecto de uno
de ellos: un macho cabrío, un perro o un gato negro. Por doquier se quema a
perros y gatos, de modo que las ratas, inmersas en una deliciosa época de
mugre, y liberas por fanatismo de sus enemigos tradicionales, se reproducen
alegremente, propagando en las grandes ciudades europeas toda suerte de
enfermedades. En las noches de luna llena las hechiceras se convierten en
zorras, lobas y hasta en gatas, si bien estas metamorfosis tienden a
producirse en medios rurales. Las pieles quedan rigurosamente prohibidas a toda
persona honrada, a todo buen cristiano, mientras que en las representaciones de
los Misterios, de las Danzas de la Muerte, se reparten a mansalva entre los que
han sido designados para el desagradable papel de demonio. Rabelais nos describe
así el atavío de los actores que ejercían funciones diabólicas: "los
diablos iban todos cubiertos de pieles de lobos, bueyes y carneros..."
Afortunadamente,
la cruzada dominicana se vería frenada por otras, por las de verdad, pues los
caballeros que parten a liberar el Santo Sepulcro de manos de los infieles se
convierten, a su regreso, en grandes apologistas de las pieles. Introducen
además especies nuevas, refinadas y muy caras, cuyo uso queda reservado a los
nobles. Por el momento, los demás cristianos deberán conformarse con las
pieles tradicionales: conejo, ardilla, cordero, cabra, liebre y curiosamente,
gato montés. Ello obedece a que el gato casero correspondía a la sazón a la
categoría de animales exóticos, pues se importaba de Oriente. En el Libro
de los Oficios, aparecido en París en el siglo XIII, podemos ver que los
emolumentos a percibir por las pieles de gato montés son muy inferiores a las
que rigen para el gato privado o gato doméstico.
A
partir de esta época entra en vigor una reglamentación rigurosa sobre las
pieles, que incluye una denominación de origen muy general, italiana, francesa,
española..., pero también otra más específica: "estilo
París" o "estilo Gerona", por ejemplo. Paralelamente,
el abismo entre las pieles de lujo y las de procedencia local se
ensancha. El armiño y la marta -escasísima antes del descubrimiento
de América-, cuya denominación italiana, zibellina, proviene
de la deformación y posterior diminutivización de la palabra rusa sobol,
aplicada a una variedad de marta de color muy oscuro, son las más
apreciadas. El comercio con Siberia ha caído ya bajo el monopolio de
las comunidades de judíos de Varsovia o de Lemberg, que tratan
directamente con los cazadores. Por otra parte, el oficio de curtidor,
fuertemente jerarquizado a consecuencia de la temprana aparición de
las asociaciones de curtidores -la primera de la que se tiene noticia
en un país mediterráneo se remonta al siglo XII-, ha quedado
constreñido al puro empirismo, de modo que sus ancestrales técnicas
apenas han evolucionado. Sólo en determinados países, donde se
produce mestizaje cultural, cabe hablar de progreso o, por lo menos,
de una simbiosis creadora en algunos aspectos. Tal es el caso de
Italia, debido a sus relaciones con el resto del Mediterráneo, y de
la Península Ibérica, lugar afortunado en cuanto a fusión de razas,
donde conviven cristianos, judíos y musulmanes.
La
Península Ibérica estaba predestinada a mantener una relación privilegiada
con la piel. Veamos sino la definición que de Hispania
ofrece Estrabón poco después de iniciarse la era cristiana:
"Hispania es semejante a una piel extendida a lo largo de Occidente
a Oriente."
Aunque
el célebre geógrafo griego no especifica de qué tipo de piel se
trata, cabe supone que se refiere a una de toro pues, además de ser la
más común, constituía una medida de longitud muy empleada. Aclarado,
pues, el viejo apodo de nuestro país, pasamos a señala que el proceso
de romanización incluyó también la transmisión de técnicas para el
curtido y la conservación de las pieles. Posteriormente, las sucesivas
invasiones bárbaras introdujeron ya para siempre el gusto por este tipo
de atavío. Pero, durante la Edad Media, el papel de la piel en tanto
que material para la confección de un sinfín de objetos no cesó de
cobrar importancia. Puede afirmarse sin lugar a dudas que siempre estuvo
presente en la vida cotidiana, tanto en la paz como en la guerra.
Numerosas referencias literarias, de las que hemos seleccionado una
sola, correspondiente al poema del Mío Cid, lo confirman. En
el pasaje referido a la afrenta de Corpes (vv.2735-6), los maridos
torturas así a las esposas:
"Essora
les conpieçan a dar infantes de Carrión; con las
cinchas corredizas majánlas tan sin sabor."
Y
más adelante (v.2749), una vez humilladas, las despojan de sus bienes
más preciados:
"Leváronles
los mantos e las pieles armiñas."
Ahora
bien, no es la España cristiana sino la musulmana la que ofrece
diferencias sustanciales con respecto a los demás países del
Mediterráneo. Durante la época de esplendor del califato, Córdoba se
convierte en una de las ciudades más importantes de Europa. Los
historiadores árabes han dejado constancia de que en el siglo X había en ella una enorme cantidad de talleres, que ocupaban a unos 13.000
tejedores, además de un número indeterminado de armeros y cordobaneros
-curtidores de piel de cabra-, cuyo trabajo mereció gran renombre.
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El
poema del Mío Cid cuenta que los infantes de Carrión ataron a las
jóvenes hijas del Cid con cinchas de cuero.
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Elaboradísimo
cordobán de un baúl fabricado con piel.
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Encuadernación
con piel.
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Por
otra parte, tanto en la zona musulmana, donde gozaba de prestigio y
libertad, como en la cristiana, donde solía vivir encerrada en
guetos, la comunidad judía estuvo desde siempre relacionada con la
industria de la piel en todas sus facetas: tenerías y curtidurías,
indumentaria, artes del libro y comercio. Probablemente, la
aportación de los judíos en este campo artesanal debió ser muy
grande pues, como ya hemos señalado en el capítulo anterior, el
Pueblo Elegido había mantenido, antes de la Diáspora, una relación
casi religiosa con este material. El tabernáculo era de piel, los
libros sagrados se escribían sobre piel, y una de las grandes
heroínas de Israel, Judit, cuyo sacrificio por defender a los suyos
bordeó peligrosamente los límites del pecado carnal, arrebató con
sus sandalias de piel los ojos del asirio Holofernes.
Arabes
y judíos trabajaron conjuntamente el cuero en el Andalus, alcanzando
en algunas ciudades -Córdoba y Granada- un extraordinario
refinamiento. La industria de la piel se diversificó en gran medida,
y dio lugar no sólo a objetos de consumo habitual, sino también a
otros destinados al lujo. Cobraron justa fama en toda Europa los
cordobanes y guadamecíes -cuero adobado y adornado con dibujos-
primorosamente labrados. Citamos a modo de ejemplo algunos de los más
habituales entre estos objetos de lujo: cajas, arcas, baúles,
maletas, sillas de montar, sillas para sentarse, guarniciones,
cojines, manteles, alfombras, literas, tapizados de muros y retablos.
La
mayor parte de los códices de la Edad Media se han podido conservar
hasta hoy día gracias a que fueron escritos en pergamino. Ello nos
permite disponer de un considerable número de escritos religiosos,
conventuales y nobiliarios, pertenecientes al período comprendido
entre los orígenes de la Patrística y la aparición de la imprenta,
que tuvo lugar a mediados del siglo XIV. No obstante, el pergamino
tuvo que enfrentarse, a partir del siglo XI, con un descubrimiento
revolucionario, el papel introducido en España y posteriormente en el
resto de Europa, por los árabes. La implantación paulatina de este
material, muy perecedero pero enormemente económico comparado con la
piel, causó algunos problemas, como se deduce de la lectura de un
diploma en el que el rey don Pedro de Castilla accede a que se copie
en pergamino una carta oficial escrita por Alfonso XI en papel que ya
se estaba rompiendo. Este ejemplo resume a la perfección lo sucedido
en aquella época, es decir, la obligada convivencia, la cohabitación, entre los dos materiales destinados a la escritura. El
papel se utilizó para lo inmediato, para aquello que en un principio
no pensaba conservarse mucho tiempo. Por su parte, el pergamino se
reservó a documentos creados con la intención de que perduraran a lo
largo de períodos más considerables, ya fuera por motivos
religiosos, políticos o simplemente ornamentales.
Ahora
bien, durante varios siglos la existencia del papel no puso en peligro
el monopolio que ejercía la piel en materia de encuadernación,
especialmente de encuadernación suntuaria. Así lo pone de manifiesto
esta cita de Alexio Venegas, transcrita por E. Brugalla en su
introducción al estudio de J. M. Passola, Artesanía de la piel.
Encuadernación en Vich (siglos XII-XV): "Por la encuadernación
del libro divino podemos barruntar algo de lo que hay dentro."
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